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"En el hombre sólo hay dos alternativas: es libre o no lo es."

Jaime Suárez Quemain
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La tentación de la utopía II

Bajo el peso del fracaso político, Platón imaginó la condición humana sumida en la caverna. Bajo el peso de una Guerra Mundial, William Golding sustituyó la caverna por una isla que se hunde lentamente en la sinrazón. Un avión cae cerca de un islote desierto, que resulta poblado desde ese momento por los supervivientes: un puñado de niños de seis a trece años. Parece la repetición de un viejo argumento de aventuras, pero cuando Golding lo adopta en El Señor de Las Moscas, escribe una obra maestra.

Barco con isla al fondo

A la tragedia del accidente podría añadirse la muerte heroica o prosaica de los accidentados. Pero Golding prefiere que todos sigan viviendo. Quiere que sus protagonistas empiecen desde abajo la construcción de una elemental sociedad humana en un auténtico paraíso perdido. Las noches en la isla son templadas; los días se suceden soleados; la fruta abundante se balancea al alcance de la mano; no hay animales peligrosos; se puede jugar en la playa y en el agua durante horas...

¿Qué más se puede pedir? justamente lo que piden los niños: organizarse y ser rescatados. Sienten que la vida no consiste en vivir sino en convivir. Y la convivencia necesita normas y proyectos comunes. Curiosamente, la primera necesidad no es la comida sino la autoridad:
 -Deberíamos tener un jefe que tome las decisiones.

Elegido el jefe, lo inmediato será repartirse el trabajo y establecer pautas básicas de comportamiento: un grupo de cazadores que consiga carne; un turno para mantener encendida la hoguera; las rocas no son los retretes; no se puede bajar lumbre de la montaña; se convocarán asambleas haciendo sonar una gran caracola.

La caracola y la hoguera simbolizan lo que hace de un grupo humano algo muy superior a una manada o un rebaño. La caracola representa la autoridad aceptada por todos, necesaria donde coexisten intereses diversos. La hoguera se enciende para ser vista desde lejos y facilitar el rescate, pero también significa la propuesta de un horizonte vital más allá de la mera satisfacción de las necesidades biológicas.

Golding teje una aventura apasionante y dramática. Pero va mucho más lejos. Cada página esconde una reflexión sobre las deficiencias y posibilidades de la condición humana. La pequeña sociedad se construye sobre unas pocas reglas elementales. Pero también desde el principio surge el particularismo, el desinterés por lo común, y un corrosivo afán de poder localizado en Jack. Las cosas empiezan a torcerse. Lentamente va creciendo la tensión. Los niños, antes amigos, se preguntan qué es lo que pasa. Un día los cazadores olvidan su turno de vigilancia de la hoguera y el fuego se apaga. Un avión sobrevuela la isla y pasa de largo: no había hoguera ni columna de humo. Ralph, el jefe, tiene que hablar claramente:
Sienten que la vida no consiste en vivir sino en convivir. Y la convivencia necesita normas y proyectos comunes.

 -La hoguera es la cosa más importante de esta isla. ¿Cómo nos van a rescatar si no tenemos un fuego encendido? Podéis reír, pero os aseguro que ese humo es mucho más importante que un jabalí, por muchos que matéis.

La caza cubre las necesidades básicas. Pero el hombre necesita ser rescatado de su condición animal. Muchos jabalíes cazados no son más importantes que la hoguera porque no aportan nada al sentido de la vida. Y estalla la tormenta. Por la caza rompen los cazadores las reglas de juego y Ralph se ve en la obligación de recordarles que «las reglas son lo único que tenemos», es decir, lo único que nos separa de la selva y nos permite vivir como hombres. Y también lo único que nos defiende del caos y de la tiranía del más fuerte. Pero Jack piensa de otro modo:
 -¡Al diablo las reglas! Somos fuertes, cazamos...

Y empieza la hostilidad abierta. Los cazadores cometen un primer asesinato y quedan atrapados en el vértigo de su propia conducta violenta. Antes eran niños; ahora son una horda de monos con pantalones, enfrentados por una rivalidad irracional. La novela termina con una alucinante cacería humana.

Platón y Golding no son dos teóricos con imaginación y buena pluma. Hay en sus páginas un conocimiento exhaustivo de la naturaleza humana, quizá porque vivieron situaciones límite y pudieron tocar el corazón de las tinieblas. También por ello, La República y El Señor de las moscas dicen la verdad. Y la verdad es que la vida es el desfile incesante de unos pocos modelos constantemente repetidos: el hombre justo y el injusto, el amigo y el enemigo, el tolerante y el dogmático, el pacifico y el violento, el mentiroso y el veraz, el solidario y el egoísta, el libre y el gregario, el que trabaja y el que disimula, el que respeta las leyes y el que se ríe de ellas. Nada nuevo cabe bajo el sol. Por eso la utopía es imposible.

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