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"Estudia no para saber más sino para saber algo mejor."
Lucio A. Séneca

El proceso a Galileo

Desde la publicación de la documentación completa del juicio contra Galileo en 1870, toda la responsabilidad de busto de Galileo la condena a Galileo ha recaído tradicionalmente sobre la Iglesia Católica de Roma. Sin embargo, la imagen que tradicionalmente se ha presentado de una jerarquía eclesiástica retrógrada, que habría censurado a Galileo por ser el exponente del progreso que amenazaba derrumbar los dogmas con que cobijaban sus privilegios, en modo alguno se compagina con la verdad. No podemos olvidar que, en aquellos momentos, la Iglesia católica representaba, desde el punto de vista sociocultural, la potencia más pujante del orbe. Incluso, desde la óptica estrictamente científica, no había en toda Europa nada comparable con el Colegio Romano de los jesuitas. Galileo, como cualquier matemático y astrónomo de su generación, lo sabía muy bien y trató de conseguir por todos los medios, no sólo que la autoridad religiosa tolerase el copernicanismo, sino, además, que lo adoptara oficialmente. La tolerancia del copernicanismo la tenía ya conseguida, pues, de hecho, la hipótesis astronómica copernicana había circulado libremente en los países católicos desde su formulación. En la Universidad de Salamanca, por ejemplo, se explicaba desde 1561, y preferentemente desde 1594. Pero el programa intelectual de Galileo choca de frente con las autoridades eclesiásticas. Veamos cómo se suceden los hechos.

La hipótesis astronómica copernicana había circulado libremente en los países católicos desde su formulación

El 24 de febrero de 1616, una comisión del Santo Oficio descalifica la afirmación de que el Sol sea el centro del mundo y esté quieto y que la Tierra no sea el centro del mundo y se mueva. El 5 de marzo de 1616 la Congregación del Santo Oficio declara acerca de la "falsa doctrina pitagórica" contraria a la Sagrada Escritura, a saber, que la tierra se mueve y que el Sol está quieto, enseñada por Nicolás Copérnico: que el libro De Revolutionibus, en que se expone, ha de considerarse suspendido de publicación -puesto en el Índice de libros prohibidos- mientras no se corrija; así como se prohíbe, condena y suspende todo libro o doctrina que hable en idéntico sentido. El Papa ordena al cardenal Bellarmino que advierta a Galileo que abandone sus puntos de vista copernicanos (26 de febrero de 1616). Galileo se compromete bajo juramento a guardar silencio.

Pero, en 1624, Galileo, que nunca da una batalla por perdida, empieza a trabajar en lo que será su defensa más paladina del sistema copernicano. Comenzó a escribir un libro que quiso titular Diálogo sobre las mareas, en el que abordaba las hipótesis de Ptolomeo y Copérnico respecto a este fenómeno. En 1630, el libro obtuvo la licencia de los censores de la Iglesia católica de Roma, pero le cambiaron el título por Diálogo sobre los sistemas máximos, y fue publicado en Florencia en 1632. De sus tres personajes, Simplicio y Salviati, defienden, respectivamente, el sistema aristotélico y el copernicano, mientras que Sagredo, es la persona de buen juicio que media entre uno y otro. El libro está escrito en italiano porque se dirige al público culto en general y trata de atraer al lector a la teoría heliocéntrica, que presenta como más correcta. Simplicio es el personaje tradicional y aristotélico que aduce razones propuestas por filósofos de la época y hasta expone un argumento utilizado por el propio Urbano VIII.

Inmediatamente Galileo fue llamado a Roma por la Inquisición a fin de procesarle bajo la acusación Hoja de un libro de Galileo de "sospecha grave de herejía". Este cargo se basaba en un informe según el cual se le había prohibido en 1616 hablar o escribir sobre el sistema de Copérnico. Galileo presentó a favor del sistema copernicano, que enfrenta al ptolemaico, su argumentación ex suppositione, esto es, como si se tratara de una simple hipótesis matemática de los movimientos planetarios, pero probablemente tal planteamiento hipotético pareció a las autoridades eclesiásticas un mero artificio de disimulación de una verdadera defensa del copernicanismo. Por el incumplimiento de su juramento y, en menor medida, porque en verdad el Papa Urbano VIII se sintiera caricaturizado por Galileo al poner éste en boca de Simplicio una opinión suya, Galileo es juzgado y condenado; el castigo implica la abjuración de la teoría heliocéntrica, la prohibición del Diálogo, la privación de libertad a juicio de la Inquisición (que es conmutada por arresto domiciliario) y algunas penitencias de tipo religioso.

La tradición ha inventado que, al levantarse Galileo tras permanecer arrodillado para la abjuración, golpeó con fuerza el suelo con el pie exclamando: eppur si muove! ("sin embargo, se mueve"). Durante los años siguientes, Galileo confinado domiciliariamente, reúne todos sus apuntes sobre mecánica, en los que había trabajado durante veinte años. El resultado son las Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, publicadas en la Editorial Elzevier, de Leiden (1638), con la advertencia que se hace "contra la voluntad del autor", truco utilizado para escapar a la vigilancia de los inquisidores. La gran aportación de Galileo en esta obra está en la tercera y cuarta jornadas, de las cuatro en que la divide, donde se refiere a las leyes del movimiento uniforme y acelerado y al movimiento de los proyectiles, respectivamente. Es su gran obra científica. Antes de la publicación de esta obra, Galileo se quedó ciego y murió el 8 de enero de 1642 en Arcetri, cerca de Florencia.

Valoraciones recientes

Los historiadores de la ciencia no coinciden en sus valoraciones sobre el caso Galileo. Desde una óptica marxista, Ludovico Geymonat sugiere que Galileo no sentía una preocupación especial por la religión en general. El pisano habría visto en la Iglesia nada más que un medio imprescindible para alcanzar el fin prioritario de su existencia, esto es, la instauración, a nivel social, de la nueva ciencia. No comparte tal tesis Stillman Drake, probablemente la primera autoridad entre los estudiosos de Galileo. Drake opina lo siguiente:

"Mi hipótesis sobre el caso Galileo puede parecer a primera vista altamente improbable: Galileo no fue un copernicano fanático, sino que su preocupación apuntaba más al futuro de la Iglesia Católica y a la defensa de la fe religiosa contra cualquier

Su preocupación apuntaba más al futuro de la Iglesia católica y a la defensa de la fe religiosa.
descubrimiento científico que pudiera hacerse (...) El idioma italiano de entonces requería frases corteses y ciertas exageraciones que no pueden ser tomadas por sinceras; también es cierto que el catolicismo exigía muestras verbales de deferencia hacia las doctrinas de la Iglesia y sus dignatarios, las cuales no tenían por qué ser necesariamente sentidas. Al aprender a leer el italiano de Galileo, traté de no confundir estas expresiones convencionales y un tanto diplomáticas con declaraciones realmente sinceras. Esta fue la causa de que durante mucho tiempo apenas reparase en sus frecuentes manifestaciones de "celo" por la Iglesia (...) Sólo al ponerme a escribir este libro, y después de haber redactado parte del mismo con una orientación distinta, se me ocurrió de repente que acaso tuviera sentido suponer que Galileo había hablado sinceramente acerca de su celo por la Iglesia y que eso mismo fuese lo que le indujo a correr ciertos riesgos (...) El efecto que esta nueva hipótesis ejerció entonces sobre mí fue electrizante, igual que si hubiera hallado un documento olvidado que permitiese despejar todas las viejas dudas".

Si la hipótesis es correcta, el proceso de Galileo no fue, como tantas veces se ha repetido, el resultado de un enfrentamiento entre la ciencia y la fe, sino algo derivado de un debate interno entre católicos acerca de las implicaciones religiosas de la ciencia moderna y su compatibilidad con la Sagrada Escritura.

Por su parte, el estudioso Walter Brandmüller incide más en que la equivocación no residió sólo en el tribunal inquisitorial, sino que afectó a las dos partes: a Galileo y a los eclesiásticos que le juzgaron. Paralelamente, como suele suceder en todo debate, las dos posturas albergaban argumentaciones correctas:

Portada de un libro de Galileo

"Se da el hecho grotesco de que la Iglesia, tantas veces acusada de error al meterse en un terreno tan alejado de su competencia como el de las ciencias naturales, tuvo razón al exigir a Galileo que defendiera sólo como hipótesis el sistema copernicano (...) No se condenó en 1616 el sistema copernicano y en 1633 el "Diálogo" de Galileo porque la Iglesia considerara falsa la teoría heliocéntrica y verdadera la de Ptolomeo y Tycho Brahe. La negativa de Roma a Galileo y a Copérnico se basó más bien en la creencia de que la concepción copernicana estaba en contradicción con la Sagrada Escritura. Y ahí fue donde se equivocó la Inquisición. Empecinados en interpretar al pie de la letra los textos bíblicos, la mayoría de los exégetas no se atrevieron a adoptar la postura ya defendida por Cayetano ni fueron capaces de vislumbrar qué diría de aquellos textos la hermenéutica bíblica del siglo XX. Todavía no se había planteado el tema de las diferentes formas de expresión, de los géneros literarios dentro de la Biblia. Galileo, sin embargo, siguiendo a San Agustín y otros teólogos de la antigüedad, desarrolló algunos criterios de interpretación que cualquier especialista de hoy aprobaría en lo esencial (...) Todo esto conduce al paradójico resultado de que Galileo se equivocó en el campo de la ciencia y los eclesiásticos en la teología, mientras que éstos acertaron en los terrenos científicos y el astrónomo en la exégesis".

Efectivamente, Galileo fue condenado por no acatar, a pesar de haber sido oficialmente conminado a ello, la prohibición de 1616 de enseñar y defender el sistema copernicano. El inspirador de tal prohibición, el cardenal Belarmino, había reconocido claramente que, si la tesis copernicana fuese demostrada palmariamente, no habría más remedio que cambiar los criterios exegéticos vigentes. Hoy se admite que Galileo no tenía tal demostración, sino que fue aportada por Newton en 1687, al derivar las leyes de Kepler desde la ley universal de la atracción gravitatoria. Las afirmaciones de Belarmino indican que los teólogos pensaron que si aceptaban la versión galileana del sistema copernicano, tendrían que tomarse un trabajo considerable en el campo de la hermenéutica bíblica y en lo referente a la determinación de la autoridad de las interpretaciones de los Santos Padres. Como consideraron que la posibilidad de verse obligados a ello eran remotas, prefirieron ahorrarse el trabajo y proscribieron las voces que planteaban tan incómoda exigencia. Galileo, en cambio, pretendía que en los temas que no afectaban directamente al dogma y a la moral, se otorgara preferencia a las conclusiones sobre el sentido literal de unas fórmulas que podrían ser reinterpretadas fácilmente. La historia ha dado en esto la razón a Galileo, y hay base suficiente para pensar que aquellos teólogos se dejaron llevar por la indolencia y el escaso aprecio por la capacidad de la razón humana.

Torre de Pisa

La figura de Galileo Galilei volvió a ponerse de actualidad en 1979, cuando se inició por una comisión nombrada por Juan Pablo II una investigación para esclarecer los distintos aspectos del proceso al que fue sometido por un tribunal eclesiástico. En octubre de 1992, esta comisión papal reconoció el error del Vaticano. Se cierra así un asunto que, envuelto siempre en una atmósfera enrarecida, se ha presentado como símbolo de un supuesto enfrentamiento secular entre ciencia y fe. Sin embargo, los partidarios de este supuesto enfrentamiento, deben retrotraerse al siglo XVII y, además, sólo disponen de este ejemplo, lo cual no significa que debiera de haber habido más casos. En cualquier caso, se trata de una polémica rancia y caduca, como concluye Karl Popper, cuyas palabras pueden servir muy bien de colofón a este artículo:

"(...) en la actualidad, esa historia [el proceso inquisitorial contra Galileo] es ya muy vieja, y creo que ha perdido su interés. Pues la ciencia de Galileo no tiene enemigos, al parecer: en lo sucesivo, su vida está asegurada. La victoria ganada hace tiempo fue definitiva, y en este frente de batalla todo está tranquilo. Así tomamos una posición ecuánime frente a la cuestión, ya que hemos aprendido, finalmente, a pensar con perspectiva histórica y a comprender a las dos partes de una disputa. Y nadie se preocupa por oír al fastidioso que no puede olvidar una vieja injusticia".

Para una profundización sobre la personalidad de Galileo, su contribución a la Ciencia y su proceso inquisitorial, pueden verse:
Carlos Javier Alonso: ecojoven@ecojoven.com