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"Desgraciados los hombres que tienen todas sus ideas claras."
Luois Pasteur

El caso "Galileo"

Carlos Javier Alonso. Profesor de Filosofía

¿Quién fue Galileo?

Grabado Galileo

Galileo Galilei nació en Pisa, en 1564. Fue el primogénito de siete hermanos, hijos de Vicenzo Galilei, que emigró a Pisa para establecerse como comerciante. En 1574, la familia se trasladó a Florencia, donde Galileo estudió en el monasterio de Santa María de Vallombrosa. En 1581 ingresó en la Universidad de Pisa para estudiar medicina; a los cuatro años, abandonó la universidad sin lograr el título, pero con unos amplios conocimientos sobre Aristóteles. De vuelta a Florencia, se dedicó a profundizar en el estudio de las matemáticas, bajo la dirección de Ostilio Ricci, que había sido discípulo de Niccolo Tartaglia, y empezó a realizar observaciones en el ámbito de la física. En 1583 descubrió el isocronismo de las oscilaciones del péndulo. Después de haber publicado en 1586 La pequeña balanza, donde ilustraba la balanza hidrostática que había proyectado siguiendo las indicaciones de Arquímedes, se dedicó a ampliar y a profundizar también en su propia cultura literaria, hasta que en 1589, el gran duque de Toscana le otorgó una cátedra de Matemáticas en la Universidad de Pisa. En 1589 compuso un texto sobre el movimiento, en el que criticaba las explicaciones aristotélicas sobre la caída de los cuerpos y el movimiento de los proyectiles.

En 1592 el pisano fue elegido profesor de Matemáticas en la Universidad de Padua, donde se ocupó de asuntos técnicos como la arquitectura militar y la topografía, desarrollando invenciones como una máquina para elevar agua, un termoscopio y un procedimiento mecánico de cálculo expuesto en Le operazioni del compasso geometrico e militare (1606). En 1609 transformó un anteojo fabricado en Holanda, hasta convertirlo en un auténtico telescopio, con el que observó que la Luna no era una esfera perfecta, como se deduciría de las teorías de Aristóteles, sino un lugar con montañas y cráteres. Descubrió cuatro satélites que giraban alrededor de Júpiter, poniendo en duda la afirmación de que la Tierra era el centro de todos los movimientos celestes, y reforzando la teoría heliocéntrica de Copérnico. Expuso sus observaciones en el texto Sidereus nuncius (Mensajero celestial, 1610). En 1632 consiguió el imprimatur para su obra Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano (Dialogo sobre los dos principales sistemas del mundo ), a pesar de lo cual fue sometido a proceso eclesiástico en 1633 por defender la teoría heliocéntrica y condenado a reclusión perpetua en su villa natal. Escribió asimismo Discorsi e dimostrazione matematiche intorno a due nuove scienze Galileo presenta su telescopio(Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, 1638). Murió en Arcetri, en 1642.

De las más de 8.000 publicaciones de toda índole sobre Galileo, son abundantes las que aluden al proceso inquisitorial que sufrió y que incurren en parcialidad o repiten viejos tópicos. En el poco espacio que podemos dedicar aquí a tan controvertido tema, intentaremos ir al núcleo de la cuestión, desenmarañando esta madeja. Aunque resulte sorprendente, el proceso de Galileo no fue, como tantas veces se afirma, el resultado de un conflicto entre la ciencia y la fe, sino más bien, como veremos en este apartado, la consecuencia de un debate interno entre los católicos sobre el modo de encarar las implicaciones religiosas de la naciente ciencia natural.

Fue sometido a proceso eclesiástico en 1633 por defender la teoría heliocéntrica y condenado a reclusión perpetua en su villa natal.

Galileo: un genio desafiante

Vayamos, pues, derechos a la cuestión. Si hay algo en lo que todos los conocedores de Galileo coinciden es en subrayar dos rasgos acusados de su personalidad: de una parte, una clarividencia genial, una lucidez mental deslumbrante que, a pesar de estar situado a cientos de años en el pasado, le facultan razonar como una persona de nuestro siglo, como alguien que sabía de antemano el rumbo que iba a seguir la historia; de otra, sobresale el afán polémico de aquel hombre, quien ya en su época de estudiante en la Universidad de Pisa se hizo famoso por contradecir a sus profesores. Algo tiene que ver este temperamento con las múltiples controversias en que se vio envuelto. Amigo de sus amigos, Galileo fue también enemigo implacable y contumaz, proclive a refutar a sus contradictores de un modo que los hería y cubría del mayor ridículo.

Varios ejemplos bastarán para ilustrarlo. En 1597, en sendas cartas a Jacopo Mazzoni y a Kepler, se declara copernicano convencido. La noticia de la aparición de una estrella "nova", el 9 de octubre de 1604, señala el comienzo de su interés por la astronomía. Da tres conferencias sobre el significado antiaristotélico que aquella aparición encerraba y sus opiniones son criticadas anónimamente por Cesare Cremonini, colega suyo en la universidad, que defiende una interpretación totalmente aristotélica del fenómeno. Contra él escribe una dura réplica, pero los sucesos astronómicos no confirman sus hipótesis, y Galileo deja de interesarse momentáneamente por la astronomía copernicana. Reemprende la discusión, en 1606, contra un escrito de Ludovico delle Colombe, que comenta la aparición de una "nova" en sentido aristotélico. (Como es bien sabido, el modelo de Universo propuesto por Aristóteles modifica el modelo geométrico de Eudoxo y Calipo, dando realidad física a las esferas homocéntricas -concéntricas respecto de un mismo centro- y a la idea de movimiento físico. Así, el universo aristotélico se divide en dos regiones diferenciadas: la esfera sublunar, terrestre, que abarca la región de espacio comprendida desde la esfera de la Luna hasta la Tierra, que ocupa inmóvil el centro del Universo; la región en que el movimiento, natural o violento, de los cuatro elementos -aire, tierra, fuego y agua- da origen a la naturaleza, y la esfera supralunar, celeste, que comprende la región que está más allá de la esfera de la Luna hasta las estrellas fijas, y donde no hay cambio ni alteración posible, a excepción del movimiento circular y uniforme de los planetas llevados por sus esferas. Porque todos los cuerpos buscan su lugar natural y el lugar natural de la Tierra, como cuerpo pesado es el centro, la Tierra es centro inmóvil del Universo. Sobre este modelo aristotélico, aplicó Ptolomeo todo el desarrollo que la astronomía observacional y las técnicas matemáticas aplicadas a la astronomía habían alcanzado, en el siglo I d.C., con el desarrollo de la ciencia helenística).

Quien denunció a Galileo fue un predicador azuzado por jesuitas aristotélicos.

Otro episodio nos muestra a Baldasarre Capra, que intentó copiar uno de sus inventos, el compás geográfico-militar. El episodio no tendría mayor relevancia, pero Galileo reaccionó con extraordinaria energía: le acusó de plagio, obtuvo la condena pública del ofensor, y se propuso una prohibición absoluta del mismo, a pesar de haberse éste retractado y solicitado su perdón. También discrepaba Galileo de los profesores de Florencia y Pisa sobre la hidrostática, y en 1612 publicó un libro sobre cuerpos en flotación. Como respuesta, inmediatamente aparecieron cuatro publicaciones que atacaban a Galileo y rechazaban su física. En 1613 escribió un tratado sobre las manchas solares y anticipó la supremacía de la teoría de Copérnico. En su ausencia, un profesor de Pisa les dijo a la familia de los Médicis (que gobernaban Florencia y mantenían a Galileo) que la creencia de que la Tierra se movía constituía una herejía. En 1614, un sacerdote florentino denunció desde el púlpito a Galileo y a sus seguidores. Éste escribió entonces una extensa carta abierta sobre la irrelevancia de los pasajes bíblicos en los razonamientos científicos, sosteniendo que la interpretación de la Biblia debería ir adaptándose a los nuevos conocimientos y que ninguna posición científica debería convertirse en artículo de fe de la Iglesia Católica.

A principios de 1616, los libros de Copérnico fueron censurados por un edicto, y el cardenal jesuita Roberto Belarmino dio instrucciones a Galileo para que no defendiera el concepto de que la Roberto BelarminoTierra se movía. El cardenal le había avisado previamente de que sólo tuviera en cuenta sus ideas como hipótesis de trabajo e investigación, sin tomar literalmente los conceptos de Copérnico como verdades y sin tratar de aproximarlos a lo escrito en la Biblia. Galileo guardó silencio sobre el tema durante algunos años y se dedicó a escribir El ensayador (1623). En él, aparte de una errónea hipótesis sobre los cometas, se halla la profesión de fe de Galileo en la ciencia moderna y la descripción de sus características: aquella que sabe leer el libro de la naturaleza escrito en lenguaje matemático. Pero la finalidad primordial de El ensayador era desprestigiar el sistema de Tycho-Brahe, defendido y difundido por los jesuitas del Collegio Romano como vía de compromiso, al no ser aristotélico ni contradecir a la Biblia; la ocasión se la brinda el libro del jesuita Orazio Grassi, quien, con el seudónimo de "Sarsi", publica Libra astronomica ac philosophica (con el equívoco buscado entre "libros" y "balanza"). Grassi se atrevió a defender una teoría sobre los cometas discrepante de la de Galileo, aunque más próxima a la verdad que la del pisano, y además replicó a los ataques de uno de sus discípulos. La contrarréplica de Galileo se convirtió en una persecución inmisericorde, en la que todos y cada uno de los errores del contrincante son señalados, ridiculizados y destruidos. Nada salva Galileo de su oponente: sus fallos son imperdonables, sus aciertos se vuelven contra su misma causa, sus argumentos denotan ignorancia, cortedad o mala fe. Cuando sorprende al desdichado dando un paso en falso, lo aplasta entre sus manos con regodeo.

No es necesario decir que este modus operandi le atrajo enconadas enemistades. Quien denunció a Galileo fue un predicador azuzado por jesuitas aristotélicos y profesores de filosofía, agraviados unos por los ataques que habían sufrido de él, envidiosos otros de su celebridad, y molestos todos con su prepotencia. Cuando Galileo llega a Roma el 1 de abril de 1611, es recibido con honores por el papa Pablo V, es nombrado miembro de la Accademia dei Lincei y los jesuitas astrónomos y matemáticos del Collegio Romano celebran su llegada. El cardenal Bellarmino pide informes a Christopher Clavius sobre la fidelidad de las observaciones. El cardenal Maffeo Barberini alaba públicamente a Galileo (más adelante, se convertirá en el Papa Urbano VIII). Galileo cuenta, además, con algún que otro discípulo directo o amigo, como Benedetto Castelli y Piero Dini. Algunos liberales, como Cremonini se oponen a las experiencias y observaciones de Galileo, sólo por fidelidad a sus principios de siempre. Frente a Galileo hay, no obstante, un grupo de aristotélicos, de no demasiada categoría, cerriles y dogmáticos. El 14 de diciembre de 1613, Benedetto Castelli, matemático de Pisa y discípulo y amigo de Galileo, escribe a éste acerca de una reunión a la que asiste, junto con filósofos y teólogos, en la Corte del Gran Duque de Toscana, donde se le plantea, en pregunta directa hecha por la Gran Duquesa, la cuestión de si las doctrinas copernicanas están o no de acuerdo con las Escrituras. Castelli opina que las cosas científicas deben solucionarse por vías exclusivamente científicas.

Galileo le contesta con su carta del 21 de diciembre de 1613, abundando en estas razones.

A la Escritura no le importa precisar si el cielo se mueve o no, o si la Tierra es una esfera o un plano; le importa enseñar cómo se va al cielo, no cómo es el cielo.

Tras afirmar, como declaración de principios, que las Sagradas Escrituras no pueden equivocarse, sostiene acertadamente que sólo pueden hacerlo quienes las interpretan ateniéndose a un sentido literal; el sentido literal hay que dejarlo exclusivamente a los asuntos que son de fe (ex fide); para el resto de cosas, que la "experiencia sensible" o las "demostraciones necesarias" hacen evidente o verdadero, no debe acudirse a la Escritura para mostrar una posible discordancia: como dos verdades no pueden contradecirse, quienes interpretan la Escritura han de hallar, para estos asuntos que no son de fe, el verdadero sentido de acuerdo con las conclusiones de la experiencia o de la razón; que nadie comprometa, pues, a la Escritura con interpretaciones que puedan oponerse a la ciencia; que quien acuda a ella se limite a cuestiones de fe. Se remite, luego, al conocido pasaje de Josué (10, 12-13), no para demostrar que no ha de entenderse literalmente, sino para observar que, si se interpreta en sentido literal, sólo la hipótesis copernicana hace inteligible el texto; en la hipótesis ptolemaica, detener el sol significaría acortar el tiempo del ocaso. (El modelo de Universo de Copérnico, tal como lo expone en el Commentariolus (hacia 1512) y en De revolutionibus orbium coelestium (1543), sustituye la posición central y estática de la Tierra, propia del sistema ptolemaico, por la del Sol centro del Universo y supone que la Tierra gira a su alrededor como uno cualquiera de los planetas. Los movimientos propios de la Tierra -a saber: traslación en torno al Sol, rotación sobre su propio eje y declinación del eje polar- explican todas las irregularidades observadas desde antiguo en el movimiento de los planetas, así como el movimiento del Sol en el horizonte, como movimientos aparentes).

Galileo añade a Campo de estrellasesta carta otras: dos a Piero Dini y una última Carta a la gran duquesa Cristina (hacia 1615); el conjunto de ellas recibe el nombre de Cartas copernicanas. En la Carta a la gran duquesa Cristina defiende claramente la hipótesis heliocéntrica y a su autor Copérnico contra quienes aducen que esta teoría va en contra de varios pasajes de la Biblia. Afirma, de nuevo, que la Escritura es infalible en cosas de fe, y que no siempre ha de entenderse en sentido literal, pero que, en cuestiones de "experiencias sensibles y demostraciones necesarias", no ha de comenzar por consultarse el sentido literal de la Escritura. Concede, no obstante, más que en la carta a Castelli: no es preciso reservar a la Escritura sólo lo que es de fe, también se le puede conceder superioridad de opinión en aquellas cosas humanas que no pretendan ser un saber demostrativo; pero éste no es el caso de la astronomía, para la que Dios, autor de todas las verdades, nos ha dado ojos y razón. A la Escritura no le importa precisar si el cielo se mueve o no, o si la Tierra es una esfera o un plano; le importa enseñar cómo se va al cielo, no cómo es el cielo. En ningún modo, ha de permitirse que nadie comprometa el sentido de los textos de la Escritura, máxime en cuestiones tan discutidas desde Pitágoras a Copérnico; que autores de poca monta se atrevan a aducir la Escritura en contra de opiniones científicamente fundadas, como son sus propios descubrimientos astronómicos, para obligar a defender como verdaderas opiniones que van en contra de la ciencia, supone, sin más, anular la posibilidad de toda ciencia y del mismo espíritu científico.

Segunda parte >>>>>


Carlos Javier Alonso: ecojoven@ecojoven.com